jueves, 25 de abril de 2013

Regresos

Hay días que os preparo grandes  y elaborados relatos. Hay tardes en las que me abro en canal para mí misma y acabáis siendo testigos de dichas y desdichas. Y hay días en los que solo estamos porque nos echamos de menos. Porque yo... te echo de menos.

Echo de menos los abrazos escondidos en renglones desglosados. Las declaraciones en las letras y la aventura de las emociones escritas. Emociones llegadas desde el lamento, la pérdida, la ilusión o la desdicha y es que entre letras no hay naciones. Todo se traduce igual, con rudeza y perfección porque lo que sale del alma, las manos lo rescatan.


Echo de menos el desvanecerse del día frente al olor de tus tapas y esa historia que agarra del pelo y me mete dentro a la fuerza. Porque eso, amigo, eso es escapar de la vida para entrar a formar parte de las filas de la ilusión.

Y es que desde lejos es la duda la que acecha cuando absorta en tus propias ilusiones añoras el dominio de otra mano más fuerte y más experta. Deseando, tímida, convertir los sueños cumplidos de otros en tus propias metas. Sus éxitos en tu esperanza y codiciando te olvidas del por qué  y del qué. No es tan difícil, no te quejes. Tanta parafernaria se reduce en que el tiempo es limitado y padece  ausencia de la capacidad de desdoblamiento. Mientras escribes no lees. Tan sencillo pero....

Here the questions! inspiro cuando leo y espiro cuando escribo. No me daba cuenta y me esto ahogando.

Hoy he podido ver como desde el alma, las palabras más crudas se adornan de musicalidad y belleza. También he comprobado que las palabras honran los lindos recuerdos y purifican los menos bonitos. Un hurra por el valor de escribir. Un hurra cuando triunfa la fuerza. Un hurra por cada vez que recordamos que somos pedacitos de muchos cosas, maletas llenas de trastos, y cada trasto con una historia que contar.

sábado, 13 de abril de 2013

De mí


Escribir es una de las formas más maravillosas en las que el alma se hace escuchar. Cuando lo hacemos es fácil pintar de colores lo que a simple vista parece en blanco y negro. Estas son mis herramientas para escuchar la vida. Y para escribirla.

... Por una cama de Princesa



Porque en la vida ni todos son ogros ni todas son princesas.
Comencemos con unas pocas palabras mezcladas con la demencia de la introversión, porque los sueños, sueños son ¿o no? Hablemos también del valor de los deseos y de la calidad del tiempo que invertimos en conseguirlos porque en verdad de eso se trata. De lo que haces con el tiempo mientras persigues tus sueños. 

Por una cama de Princesa es un retrato de superación y esperanza en que, en la batalla suprema, sean la inocencia y el corazón los que ganen la partida. Eva trabaja duro en base a unos firmes principios de honestidad, esfuerzo y sacrificio. Por su parte Javier vive envuelto de lujo, extravagancia y excesos. Con el dinero suficiente para comprar cualquier cosa y no desear nada que no pueda obtener, ni tan siquiera su preciado tiempo. 

Dos personas que colisionan en dos frentes irreconciliables, siempre y cuando 
ninguno de ellos traicione los principios que orgullosamente sostienen. Aquí no encontrarás flechas chispeantes con corazones y margaritas en un amor a primera vista. De lo que se trata es de lo que se pierde de nosotros mismos cuando nos entregamos a otros. Y de lo que queda cuando volvemos a estar solos.




En un mundo de magia y de leyendas la vida de Daniela gira en torno a la más cruda humanidad y su lucha será trepidante para conseguir lo que cualquiera de nosotros deseamos. Una historia dinámica con personajes intensos y una voz silenciosa, las Cartas que la Madre de Daniela le escribe antes de morir. 


Un sacrificio que ella aún se esfuerza por comprender hasta que Kaidem Clain aparece en su vida, sacudiéndola entre el deseo efervescente y la fortaleza del compromiso. No dejéis de leerla.


miércoles, 10 de abril de 2013

DAME LA RAZÓN



La ansiedad es una enfermedad del siglo XX  ¿o del XXI?

En esas estamos. Pues según los abuelos cuentan cuando hay que sobrevivir al hambre se lucha lo suficiente para no tener tiempo de la autocompasión. Sin embargo, si hay algo que a nuestras generaciones les sobra es este real y escaso bien... y no porque abunde sino por el mal uso y/o empleo que le damos. ¡Ay! Afanada empleabilidad ¡qué enfermos de arrogancia nos has dejado! Ojo, qué mi tiempo es más importante, ¡No que lo es el mío! Ingenuidad la de los cultos que piensan que el tiempo de los menos sabios es el más empleado.

¿Qué por qué me importa tanto el tiempo? ¿Por qué diablos no te importa a ti? Diría yo. Pues viene a tratarse de un preciado regalo que me gustaría merecer ¿a ti no? Y que conste que no sé quién me lo ofrenda pero dicen por ahí, que es de bien nacido ser agradecido. En esas estoy.  ¿Acaso no es este un buen uso? Pasar las horas reflexionando sobre lo que reflexiono, y que conste que la redundancia ahora suena redundante pero no lo es. Y, tentando, te digo que la reflexión es lo que tiene. Redundar. ¡Ay, que redundo más!

Y a fin de cuentas me diréis que cada uno hace con su tiempo lo que le da la realísima gana. Buena razón que lleváis y yo que la comparto pero con algo remato: no es cuestión de pasarlo sino de aprovecharlo, usarlo, emplearlo ¡ pero no mirarlo! ¿Es que no te das cuenta? Mirar el tiempo correr es dejar la vida pasar. Reflexiona lo suficiente para pensar, piensa lo necesario para sentir y siente hasta el punto de escribir, vivir o sonreír. ¡Pero no mires el tiempo pasar!

Que no insistas, que ya sé que tiene su encanto mirar pasar el minuto que jamás volverá a contarse. El increíble misterio del segundo que a pesar de girar siempre en el mismo reloj cada vez es único, distinto. No te embobes que me da pavor. Es cuestión de prioridades… ¿qué no lo entiendes? Vamos a probar con un ejemplo: cierra los ojos (cuando termines el párrafo, no me seas…)  y piensa en la persona que más amas en el mundo. Ahora dibuja en su rostro su mejor sonrisa e imagina que mueve sus labios para decirte en silencio “te amo” mientras tú te dejas hipnotizar por las manillas del reloj. Y no lo has visto, te lo has perdido y sin saber que te aman, duermes con tu bonito reloj sobre la almohada el resto de tu vida. Ahora, hazlo ahora.

Si todavía piensas que con esta reflexión soy yo la que pierde el tiempo, recuérdame la próxima vez que mires tu muñeca, y tan solo por una vez, dame la razón.

Ya, ya… ya viene la puntillita de la historia y te preguntas por qué empecé hablando de la ansiedad. Pues porque es precisamente lo que siento cuando mi tiempo pasa sin escribirse en ningún lado, mientras la vida se me escapa entre los dedos.

¿Y tú? ¿qué sientes tú?.

viernes, 5 de abril de 2013

Yo te cuidaré

YO TE CUIDARÉ

- Un relato "desempolvado" sobre la importancia de los minutos y lo que hacer con ellos.


Se ha iniciado la campaña de compras de navidad y en las últimas semanas los horarios en la librería son prácticamente ininterrumpidos y agotadores. 
Mi camarero favorito me trae cada tarde mi capuchino con mucha nata y extra de cacao Cada tarde me acompaña a casa o tomamos algo en el bar mientras hablamos y hablamos sobre España y Canadá. Nos conocimos cuando me arroyó con el cuerpo de un chaval de 15 años aproximadamente cuando lo echaba del local en el que trabaja. El Lobito. Fue un extraño y libidinoso encuentro. 

Charlamos sobre sus hermanos y mi padre. Nuestras vidas. Nos tomábamos de las manos por horas entrelazando los dedos y jugábamos a batallas de dedos. Competíamos por preparar el mejor café y discutíamos nuestros contrarios gustos por la lectura. Fuimos estrechando lazos más allá de los de los amigos. El deseo insaciable creaba una necesidad vital que en cualquier momento explotaría. Su vista, verlo junto a mí me da la vida desde hace varios meses. Verlo partir o dejarlo detrás de mí me hace echarlo de menos. 

Por fin he encontrado las ediciones que buscaban los dos hombres trajeados y los llamo para presentarles las propuestas. Las ediciones están valoradas en más de 9000 € y es una transacción compleja ya que requieren la contratación de un seguro y una nueva tasación una vez que lleguen a la tienda. 

Tanto trabajo y estrés ha derivado en un resfriado de órdago y hoy me siento realmente mal. Tengo algo de fiebre así que he pedido a Simon que me traiga algún paracetamol porque a última hora de la tarde la cabeza está a punto de estallar y no para de entrar y salir gente. Para mi desgracia, los chicos de la otra han descubierto un gusto repentino por la novela policíaca y tienen a Sofía de aquí para allá aconsejándolos y echándole el ojo porque tampoco se fía mucho de ellos. La tarde está siendo realmente incómoda. Mala.

- ¡Sara! – me grita Sofía, la propietaria de “La Librería Violeta” donde trabajo desde hace más de dos años mientras termino mis estudios de arquitectura en la Politécnica de Madrid. 

Antes de dirigirme a la tienda para ver de quién se trata alguien me agarra por la cintura desde detrás y acerca su aliento cálido junto bajo mi oreja, encendiéndome inmediatamente.

- ¿Qué tal Princesita? – su susurro y su aliento va seguido de un suave beso en mi cuello. Miro nerviosa hacia la tienda preguntándome si Sofía sabía que había entrado hasta la trastienda.

– Si, lo sabe. Quédate tranquila ella misma me indicó que pasara y que me asegurara de que te tomabas esto – con la mirada me indica una vaso con agua y una pastilla en plena efervescencia y unas galletitas de canela.

- Gracias – le digo con el poco aire que me queda pues he dejado de respirar sumergida en su rostro desde que me giró encajándome entre sus brazos.

Sin soltarme y sin apartar sus ojos de mí, coge una de las galletas y la muerde, toma una gran porción y la mastica lentamente. Los músculos de su mandíbula se mueven crujiendo, marcando sus gestos cuadrados y esculpidos. Acerca a mí la misma galleta y me incita a tomar una porción de esta.

- Sabe Sofía que es así cómo te vas a asegurar de que coma algo? 
- Ujumm… - murmura
- ¿Estás seguro? – doy un bocado a la galleta objeto de mis deseos.
- Traga – me ordena. Yo obedezco. Y me besa.

Solo quién besa enamorado puede entender cuando hablo de un fuego que se dispara desde el corazón. Hasta hoy no habíamos pasado de intensas y cálidas caricias en la mejilla, tiernos besos en mi mano y horas de conversación. A pesar de mi impaciencia por su sabor y su piel había disfrutado de cada segundo y de cada palabra mientras nos conocíamos. Ahora lo tengo aquí entre mis brazos. Y mucho más de él.

Lo sujeté contra mí nada consciente del lugar en el que nos encontramos. Le agarré el pelo ensortijado a la altura de la nuca y lo empujé hacia mí sujetando su lengua enlazada con la mía. Este es. Este es el sabor de su carne, su saliva. El olor de su rostro y la suavidad de su pelo. Yo me empujaba contra él sincronizando nuestros roces en empujones y retrocesos eróticos y embriagadores. Su tacto y el calor de nuestros vientres meciéndose al son de la obra maestra de Claude Debussy, Clare de Lune que suena en el hilo musical amenizando las compras de los clientes.

Vagamente, la multitud en la tienda pasa por mi mente y lejos de distraerme empujo la puerta detrás de mí con mi pie para que se cierre. Mi canadiense sonríe entre mis labios y de un salto enlazo mis piernas en su cintura en un rito de una danza antigua como la misma luz. Estamos encendidos, en los fuegos del deseo. Me deja libre para morder furiosamente mi cuello, besarme, morder, besarme y volver a morder en un ascenso descontrolado de crepitantes fuegos artificiales abajo, entre su cuerpo y el mío. 

- Te deseo, te deseo tanto… - le susurro entre beso y beso, entre succión y bocado. 

En respuesta, me agarra fuerte el trasero y me sienta sobre la mesa empujándome con su abultada entrepierna. Me deshago en un jugo de éxtasis que huele a amor y sabe a besos.

- Aquí no – sentencia tras un último y doloroso beso mientras me sujeta por la cabeza cubriendo mis oídos y mis mejillas. Sólo escucho mi respiración alterada y disconforme con el frustrante cambio de ritmo.

Un sonido fuerte y seco atraviesa su piel y lo percibo lejano. Sin pensar. Sin pensar en absoluto. Simon abre la puerta y sale hacia la tienda tan rápido que dejo de verlo en lo que dura un latido y lo pierdo de vista. Un nuevo disparo resuena en mis oídos ahora claramente y… sin pensar. Sin pensar en absoluto. Corro tras de él y atravieso la misma puerta.

Un golpe tremendo sacude el centro de mi pecho y siento el dolor del miedo. Nunca pensé que el miedo doliera tanto. Busco a Simon entre la media docena de personas en la tienda, dos de ellas en pie justo frente a mí, pálidas y asustadas. Simon está bien, junto a Sofía detrás del mostrador de madera rústica donde cada día atiendo a algunos de los clientes que aún están desparramados por el suelo de la librería. Antonio Lebrón ha venido a recoger los cómics para su nieto Nicolás y doña Leandra ha traído una bolsa gruesa y tupida para llevarse dentro su encargo de J.L. James con la que se tapa la cara.

No tengo miedo. Debería esconderme con Sofía y Simon tras el mostrador pero no tengo miedo. ¿o tengo tanto miedo que no puedo moverme? No lo sé.

No hay más estruendos, solo algo metálico y pesado que cae al suelo y repiquetea varias veces hasta detenerse finalmente. Los chicos que me atropellaron frente a “El lobito” hace unas semanas y que vigilaban la tienda al cerrar hace algunas noches están realmente asustados. Recorren una y otra vez el mismo camino mientras se gritan el uno al otro y se tiran del pelo maldiciendo. ¿Qué les pasa? 

Mis rodillas ceden y siento el suelo acercarse sin poder moverme aún. Siempre he sido rápida en las situaciones difíciles, sin embargo me siento inútil y débil. ¡Me voy a desmayar! ¡Maldita inútil! Cediendo a mi fracaso cierro los ojos y un nuevo calor me despierta. 

- Sara, Sara, cielo despierta! – Es su calor, el calor de su cuerpo a mi espalda el que me calienta. Me susurra al oído. Bien cariño, mejor que nadie se entere de que me he desmayado como una boba.

- Quédate conmigo Princesita, quédate conmigo por favor. – mírame no me hables al oído quiero verte, - pienso, pero la voz no llega a mis labios. Sí a sus oídos. Me mece suave y me aprieta contra él. Es el cielo.
Me mueve muy despacio y el miedo no se marcha, cada vez duele más. Nunca pensé que el miedo doliera tanto.

No para de pasarse una mano por el pelo y acaba manchado con una sustancia borgoña y viscosa. Mi dolor crece ¡está herido! Me había equivocado ¡sí que está herido! Más miedo y más dolor mientras mi canadiense me consuela. Pobre… le debe de doler y aún así solo pienso en consolarme. Oigo muchas voces a lo lejos

- Te amo Princesita. Te amo. Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo…. Y con cada palabra me besa los labios, las mejillas, la frente, la nariz…. No me dejes ¿me oyes? No se te ocurra dejarme solo. No ahora – susurra, cada vez más bajito, cada vez más lejos. 
Y la luz se apaga. Yo también te amo. No llores. Te pondrás bien. Yo te cuidaré.

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