sábado, 24 de agosto de 2013

NOSTALGIA


Llovía demasiado para que me quedara cordura. La nariz hinchada y no sabía si a causa del llanto o del frío. Los ojos… los ojos bullen como si cientos de insectos hurgaran en ellos. Pero poco importaba todo. Poco.

Valentina Serrano Carrión, veintiún años cumplidos, natural de Extremadura y perdida en un pueblo jiennense del que dicen que es el real, el único: Alcalá la Real. En mis brazos mi hija Aurora, poca bendición le fue dada por su nombre pues desde que nació no ha visto más que teta, luto, nublos y narices heladas. Angelito mío. 

Ando mendigando a las espaldas de la Iglesia grande, Santa María la Mayor la llaman y algo más de las Mercedes. A fin de cuentas y en cuanto a mi me atañe no hay ricachón que valga a estas horas y por estos lares. Pero mejor aquí y al sol que bajo techo y sin lumbre alguna. A la espera el pobre ni desespera y aquí me hallo.

Hablan que esta ciudad es de bandera, bueno más bien de puertas según entendí. Un lugar de comercios fue lo que charló el cura del Alcaudete así que hasta aquí mendigué mis plegarias pensando, no sé si en error, que donde vive el que vende es porque hay quien le compra. Más si el pobre comprar no puede será el afortunado es que gaste su parné en los cuchitriles que vendan las gracias de otras manufacturas. Ya antes de venir al sur probé donde esas se encarcelan en barrios que se tiñen de hollín, y puedo decir que el trabajo y el dinero no siempre van de la mano. ¡Qué me lo digan a mí! De costurera a concubina (que puta no quiero ser) llevada de la mano del corazón ¿Y qué si hubiera sido cosa de la ambición? ¿Habría acabado siendo comerciante? Eso no hay quien se lo crea. ¡Pero qué frío que hace en esta tierra!

El aire pincha tanto que casi he pensado en ir oliendo escapes en los camiones que al menos esos gases vienen calientes. Lo cierto es que hay muchos en esta zona, al menos los dedos de la mano he conseguido contar que no sé más. Aquí los medio señoritos llevan sombreros de ala corta y chaquetones de mezclilla, caminan por el lado del sol. Los trabajadores resbalan en los charcos helados en manga de camisa y remangados por el esfuerzo al descargar los camiones. Como en cualquier otro lugar en estas fechas. Tendría que haberme esperado a nacer el siglo que viene que igual a todos los llegaba la inmundicia y las clases no eran tan disparatadas. 

Hay un par de mozos que no paran de mirarme y es por eso por lo que no he sacado la teta a mi nena todavía; pobre, si hubiera podido escoger la habría hecho varón que lloran mucho menos y comen mejor. Para evitar problemas – que sacar la teta junto a la iglesia puede ser pecado — me levanté y llevé mis pies hasta la puerta de la Sacristía.


La Iglesia era grande con un pórtico de esos que acaban en un medio círculo y goznes dorados sobre la madera oscurecida por el aceite. Varias figuras de vírgenes y sus locos vasallos los santos la escoltaban entre cacas de paloma – hay que ver como esos bichos llegan a todos sitios — y vigilan un par de niñas que hablan distraídas al sol jugando a ser mozuelas. Que cercanos guardo esos días. A la izquierda de la plaza de tierra frente al monumento se levantaba un cuadrito en madera maltratada por el tiempo, esa debía de ser la sacristía. El llamador estaba bien pulido y juraba haber sido usado por muchas manos, dentro debía de haber un buen alma al cuidado de los más perdidos. Como yo.

— Buenos días ¿Querrá en nombre de Dios darme cobijo para alimentar a mi hija? — imploré con esa cara tan practicada que me había salvado del hambre más exagerada.
— Por aquí joven — me guió.
La beata no podía ser más vieja, casi se desmoronaba en sus zancadas por aquel largo y oscuro pasillo. Siempre había odiado el olor de las Iglesias, rancias, frías y con un toque a abeja quemada y óleos que me revolvía las tripas. A pesar de ello el papá de Aurora era un creyente muy practicante, del amor digo porque de penitencia no tenía idea. Ni un poquito. El cabestro del demonio lo tenga en su gloria.
— ¿De dónde viene joven? No recuerdo haberla visto antes por aquí — fíate Valentina que estas mujeres tienen lo único bendito en este edificio, memoria de los pecados de otros. 
— Vengo de Galicia Señora — fui colocando a Aurora en su lugar favorito — estuvo a punto de tomar un tren que acabó descarrilando entre Zamora y Sanabria. Lo adiviné como una señal del Santísimo y tomé otro rumbo. La familia de mi madre es de Jaén así que para acá pegué. Todo eso era verdad, casi.
— ¿Y el padre de su criatura joven? ¿No me diga que viajaba en el tren y las dejó solas? A veces el Señor pone caminos empinados pero es nuestro deber superar la adversidad y ver por los demás y el bien de todos — mira que había conocido beatas, pues esta era la más loca de todas.
— Señora no… — la quise interrumpir.
— Espera aquí con tu hija linda que yo voy a prepararte algo para que tus carrillos recuperen su lustre, estás muy pálida chiquilla.

Con este fugaz instante mi vida se arraigó en este pequeño pueblo. Un fugaz segundo que coincidió con el calambre en mi pecho que protestaba por la fuerza con la que Aurora chupaba en busca de sustento. Mi hija me gritaba sobre su hambre, mi jugo ya no era suficiente. E interpreté que era ese el lenguaje secreto entre los corazones que se adoran. 

Pensé que quizás mi hija me imploró silencio de esa forma. 

Pensé que sería mejor explicar a la beata que mi amante fue un déspota desarmado y sin corazón que me obligó a encamarme por alimento. 

Pensé que podría hacerlo después, que con la barriga llena siempre me he explicado mejor. 

Pensé, pensé y pensé…. 

Tanto, tanto, tanto tiempo pensé que mi hija acabó criándose en la Sacristía de aquella Iglesia acogida bajo el manto de la vieja Rufina “La Solterona”. Aquella mujer consiguió tener sus huesos unidos un siglo y siete meses, casi nada.

— ¿Cuál es tu nombre joven?
— Azucena me llamó mi madre Señora.
— Lucía te llamarás en adelante. Hija de Dolores Ruiz , mi cuñá y Rafael Jiménez, mi hermano. Ambos naturales de aquí que viajaron a buscar fortuna al norte. Su suerte la has pagado tú cobrando en la vida de tu esposo la buena estrella que tendrá tu hija. Te acogeré como a la sobrina que nunca tuve y me atenderás en mi vejez. A mí y a mi Iglesia. Tú hija crecerá fuerte con la leche de la burra de Don Javier y las cabras de la Jacinta.

Con la propuesta de la anciana hasta Aurora dejó caer su mandíbula y soltó la teta empujándola con la lengua. Su sonrisa más que linda era relinda. Mi hija quería aplacar sus ansias y mis faltas no estaría de más que fueran raspadas. La mujer esperaba una respuesta mientras servía el caldo en un tazón de cerámica roja.

— ¿A quién tenemos de visita Rufina? — otro anciano un poco menos estropeado entró en la cocina con los atavíos propios de la iglesia, la educación de un noble y la finura de alguien que se ha criado pasando Despeñaperros.
— Lucía Jiménez para servirlo. Sobrina de la Rufina, he venido a pedirle techo a ella, para mí y para mi retoño — no dije más mentiras. Agaché la cabeza ofreciendo el respeto que no sentía y me gané el pan como tantos otros. Como podía.


Solo me conté dos embustes y en adelante la Rufina se encargo de cometer los pecados que ya tenía más que pagados con su vida dedicada al cura y la Virgen. Y tal como aventuró la beata se cuajó la historia. Entre tanto rezo la señora tenía sus contactos y sus ahorros y consiguió papeles para mí y mi Aurora. Sagrada limosna la de aquella Sacristía que por no darme un real me dio toda una vida. 

En aquella tierra morí al abrazo de Antonio el carnicero del que me enamoré como una loca y con el que contraje nupcias antes de irse al cielo la Rufina. Era igual que mi papá Ramón así que le procuré a niña un padre digno de su suerte. En aquella tierra creció mi Aurora lozana, sana y bien despabilada. La dejé matrimoniada con un médico nada más y nada menos, en sus rizos cuidados no podía menos que recordarme a mí; de medio puta a beata por un calambre en una teta. Jamás expliqué esto a Rufina. Antonio me amó más después de saberlo, curiosos criterios los del corazón. 

Pero sinceramente, mirando atrás no creo haber dejado al azar aquel instante sino a las intenciones o las viejas que escriben el destino. A pesar de dedicar mi vida a cuidar de los santos y aquel enorme altar, de ver a las novias llorar frente a la virgen y llenarse el edificio de pobres con sus mejores galas en agosto… a pesar de todo no puedo decir que crea en Dios. Creo en las personas, en los planes que son trazados para el bien, las buenas intenciones, los sentimientos, los sueños y la fuerza de voluntad que te da la fe. Ponle el nombre que quieras a quien le encomiendes tus venturas. Pero no te olvides nunca de rodearte de las personas que te puedan ayudar a vivir esas pesquisas porque son ellas las que nos muestran el final el camino. Son las personas las que nos dan un hogar y una oportunidad. 

No fue Dios quien me mandó callar aquella tarde, fue Rufina la que no dejó hablar.





Acabada la historia me veo obligada a aclarar algo. Esta historia es un pequeño homenaje a mi tierra pero los personajes son totalmente ficticios. Ni los nombres ni la caracterízación se corresponden con persona alguna ni guardan relación de semejanza. Excepto mi Ramón, mi Ramón está conmigo y estará siempre  ^__^



viernes, 23 de agosto de 2013

Puedo decir lo que quiera

La naturaleza guarda humanidad en los rincones más insospechados. Historia de una familia feliz. Sí puedo decirlo.

"Pajarito papá y pajarito mamá llevaban semanas esperando a sus retoños. Pajarita mamá había cogido peso durante la incubación por los continuos pastelitos y mimaditas varias de papá pajarito"  

Soy una mamá frustrada que cuida pájaros con biberón.  Y aún cuando creo que tengo algo que opinar con respecto a la supervivencia de otra persona llega la humanidad y me aparta a un lado. No me importa como la llames tú, ni si estás o no de acuerdo. Dos jilgueros que se escogen porque su biología y la química intuye que podrán dar lugar a fuertes ejemplares; porque claro los pájaros no se enamoran.


Pierden un polluelo del nido y lo encuentran 36 horas después al primer graznido. Amigos esto es devoción. Han pasado por encima de sus miedos, a través de los chillidos a golpe de loro. Han merodeado minutos antes de decidirse a acercarse. Mientras mi pequeño espeluznaillo se desgañita piando por atención y comida a su diminuto buche. Un día me duró la emoción y el enamoramiento de la naturaleza pues a la mañana siguiente el ser humano me mostró de nuevo una de sus cara más desalmadas (en razón a lo inhumano porque ni los animales hacen esto). Letty apareció en mi puerta.





Asustada por los golpes y los gritos de las personas se acurrucó al ladrido de mis perros y pensó correr cuando yo salí. Severamente deshidratada y desnutrida sus ojos, directamente en los míos, suspiraban por compasión y brillaban aún por esperanza. Los animales buscan a sus crías durante días mientras los individuos apalean y abandonan perritos hambrientos. 


Hoy es otra. Corre feliz con la barriga llena y no piensa más que en travesuras y en conseguir caricias de cualquier mano. Ahora me toca a mí darle esperanza y conseguirle un hogar. Veremos a ver cómo se nos da. La naturaleza es despiadada, lo sé. La supervivencia es una vara fría que castiga los fracasos pero el cariño puede rellenar muchos corazones y hacerme creer en las personas un poquito más. Sé que para eso ha aparecido Letty en mi puerta, para hacerme sentir diferente  porque tendré mis defectos, docenas, pero la falta de humanidad no es uno de ellos. Comparto mi casa y mi vida con los que me eligen y me quieren, con los que se quedan.


Si alguien abandonó a Letty en mi puerta para que la acogiera que tenga por seguro que auguro para ella una vida feliz. Si llegó por casualidad dejaré que me mime la vida un poco más. Un abrazo. Nos leemos.

sábado, 10 de agosto de 2013

Alegato por la Felicidad


¿La locura  un estado de felicidad transitoria? O… ¿La locura transitoria un instante feliz?

Cientos de teorías hemos leído al respecto. Más o menos aceptadas. Tejidas o no con nuestras propias necesidades se ajustan a la necesidad personal. O no. Por eso yo formularé mi propia teoría. No juego a la filósofa, ni a la psicóloga, ni a narradora ni poeta. Tan solo intento ser persona.

La vida entera, de cabo a rabo está compuesta de opciones. A veces trasparentes, varias en blanco y negro y en alguna que otra ocasión en baldosas amarillas. Cada cual con su cuento y su locura. Cada uno con su alternativa adaptación de la imagen frente a sí. Y ahora que lo pienso, es imposible contar las veces que he desvariado ya al respecto.

La eterna complicación de las opciones y la presión constante del error en cada decisión. El golpe en cada camino que duele antes de tropezar. 

Esta tarde he leído algo que se me ha quedado rondando. La autora Esther Ruiz Saldaña hablaba de La bodega de las Ofensas. Sí, tal y como suena. Tal y como has imaginado. Ese lugar donde almacenamos  todo aquello que merece ser olvidado porque no construye sino que destruye. Las traiciones, los pellizcos y las zancadillas de la mala voluntad del hombre y la omnisciencia de la casual y déspota vida.

¿Y qué si el mundo tal y como conocemos acabara mañana? ¿no es eso sobre lo que pretenden concienciarnos las grandes superproducciones cinematográficas sobre desastres naturales? ¿Acaso no abanderan ellos una vida donde la bodega es tan irreal como retórica? Sé feliz viviendo hoy como el último día de tu vida. Consume, gasta, mueve la economía que yo llevaré a mis hijos a la mejor Universidad con tu Carpe Diem.



Come hoy lo que no puedas comer mañana.
Invierte en vivir y no en tener.
Viaja hoy lo que no puedas viajar mañana.
Bebe hoy lo que no puedas beber mañana.

¿Hay forma humana o biológica de procesar los vinos de mi bodega sin perder el hígado en el intento? Lo dudo, ciertamente. Como tampoco garantizo mi salud mental en el mejor de los pronósticos.

Y ni en este lado del charco ni en el otro, nos enteramos de que el verdadero lastre no va en la piel sino en la memoria. Las pequeñas pullas e idioteces que pesan en el alma como hielo en estalactitas, afiladas y en dirección mortal hacia el suelo. Lo que no pesa no tiene valor y lo que duele en el orgullo pesa más que el hormigón. Una vez más, retórica sin sentido. Y cuidado, no hablamos de bolsos de mano o trolleys con ruedas. Son bodegas con techos abovedados y paredes de ladrillo viejo, barro y arañas. Agujeros en la pared donde guardamos los recuerdos enquistados por el factor resbaladizo de la comunicación. El buen vino macerándose en una cura atemporal que convierte una anécdota desagradable y un caro caldo de ira en incontinencia social.

Llegado este momento, vistas las opciones y el almacén de las ofensas se me ocurre pensar ¿será proporcional la relación entre éstas y la felicidad?

Proporción. Equilibrio. Independencia. Otras tres panaceas.                                                                    

Quizás,  enviar los quistes emocionales a la bodega es una opción más. Como también lo es dejarlos correr y olvidarlos o tomar de ellos lo necesario para cultivar un caldo que no degenere sino que genere. Y en este aventajado desvarío las eternas y lapidarias decisiones sobre las que no tengo nada que enseñar sino mucho que contar. Porque sí, porque se me antoja. Porque si cabe la posibilidad de vivir episodios de locura como lapsus de felicidad yo quiero ser loca. Y…

Si la locura es la privación del juicio o del uso de la razón,
Las opciones llenan bodegas,
Y la felicidad es la satisfacción, el gusto o el contento…

Permitidme abogar por la complacencia de escoger vaciar mi bodega a través de este escrito. Prefiero dejar para después algún que otro aprendizaje. Afrontar los dolores repetidos que han de venir para no viajar con lastras inútiles. Capear los devenires de nuevo, una y otra vez. Y en este momento de locura describiré el olvido que me hará francamente feliz. La inconsciencia que etiqueta mi equipaje en el hangar del olvido. 

¡Enemigos! 

Regalo botellas de buen caldo con un treinta y cuatro por ciento de insensatez, siete por ciento de recelo, cuatro de murallas y defensas y el resto de miedos: al dolor, a las nuevas traiciones, a las viejas pasiones, a las lenguas viperinas y a todo aquello que me hace sentir tan pequeñita que yo misma me puedo esconder en uno de estos viejos botellines.


Y a pesar de la intención y la búsqueda constante de la felicidad, aquí me tienes lector. Ausente de mi propia identidad.





miércoles, 7 de agosto de 2013

ECHO DE MENOS TU PESO EN MI CAMA



Anoche volví a soñar con el corcel negro y recordé una de tantas veces en las que te pregunté lo de siempre.

  •           ¿Qué diferencia a un caballo de un corcel?
  •           El corcel es presto a la carrera Annita, siempre brioso y su carácter fulgurante y explosivo. No es más alto,  ni más bonito sino  indómito y libre por derecho de nacimiento – tras esa definición supe que pocos se encontrarían con una jaca en sus sueños. Miré hacia el mar recordando.


Mi bello corcel corría pateando el mar con  los cascos y la brisa salina con sus crines. Cierto era que el albedrío emanaba de la forma en la que su pelo negro azabache reflejaba la anaranjada iluminación del atardecer. Su cuerpo musculoso lo perfila como un arma perfecta para la lucha. Es fuerte y libre, es una utopía.



Y como siempre, como cada vez, el voluntarioso animal detiene su genio para mostrarme un  jinete descabalgado. El bebé rubio también lo acompaña hoy. Con sus deditos entrelazados con las largas crines de la cola del corcel camina divertido siguiendo su estela. Sonríe con las quejas del mar a su visita, que no para de salpicar  sal a su cara y sus ojos. Hoy no está vestido de azul sino que su viaje lo hace desnudito pero con esa sonrisa que te haría encontrarlo en los mismos abismos del océano. La libertad y la ingenuidad tiran de mí en tu dirección y yo confío crédula y cegada por los ecos del amor que no puede arrancar la enfermedad del olvido. Meto en mi bolsa otro puñado de piedras.


Sentada en los límites más occidentales del Mediterráneo  confundo la realidad con el sueño. Puedo tocar el firme pelaje del animal y el niño se acerca a por sus caramelos. Pienso, seriamente, que estoy próxima a enloquecer. La vida nos quita a cada uno lo que se le antoja. A ti te llevó un Hitler internacional, el exterminador de los más fuertes y el liberador de los débiles ¿Pensará el cáncer que es justo? ¿Harán todos los jueces justicia? Nunca, jamás. Me retuerce el alma recordar que lo sabías, tus advertencias y consejos. Siempre apostaste que no morirías de viejo.


  •           Annita, viajemos por el mundo. Vivimos sin nada pero vivamos reina mía.


Y así pasamos la vida en una pequeña caravana y en una cama estrecha que compartimos cada noche. Y cuando la vejez comenzó a enseñar sus uñas compramos una casita  a la orilla del mar. Un lugar alejado donde no llegaban los vigilantes de la playa, ni las duchas ni los chiringuitos. En raras ocasiones alguna que otra pareja de enamorados en busca de un rincón para su amor, solo entonces nos tocaba compartir. Lo suficientemente lejos para que durante la próxima década no se levantaran hoteles de hormigón camuflado de madera y pintura azul. No necesitábamos más tiempo.


Sigo bajando a la playa cada día y traigo conmigo esas piedras que dibujaste para mí, cada una con una letra escrita para contar con ellas mis recuerdos. Cargo en mi bolsa las que necesito y marcho a casa.


Cada día.


¿Sabes? He cambiado la cama de lugar en el dormitorio. Ahora está justo frente a la ventana para que el sol de la tarde te caliente la piel, recuerda que temprano en la mañana siempre tengo un poco de frío y rebusco al encuentro de tus pies. Aún así, cada día es más difícil estar sin ti. Podrías haberme dado una lista con mil guiones más para no echarte de menos y no habría sido suficiente. No hay letra que tape mis huecos. Quité tu silla de la mesita pequeña de la cocina pero aún te oigo preguntarme si he terminado o no el café que ya está frío sobre la mesa. Tiré todos los tapes grandes para acostumbrarme a cocinar solo para uno pero aún te dejo el chorizo de las lentejas y el mejor tocino en el puchero.  Saqué toda tu ropa del armario y la lleve a la beneficencia pero el armario huele a ti. Mi mente huele a ti ¡Maldita memoria caprichosa! Tengo esa pulserita que me regalaste pero no la necesito, siempre recuerdo donde encontrarte a pesar de que no pueda decir tu nombre.


Sé dónde estás.

En el mar.

Me pediste que te dejara en el mar.

  •           ¿Por qué yo no sueño con un caballo blanco como todo el mundo?
  •           Porque el caballo es fuerte y resistente pero el corcel es rápido e inconsciente. Olvida rápidamente y no tiene miedo a la batalla ni es perezoso para recorrer el mismo camino una y otra vez  – en estas conversaciones tu voz ya era perezosa.
  •           ¿Y por qué negro?
  •           Para que recuerdes que debes prepararte para lo peor.
  •          Ah… entiendo. Es por si te olvido, quieres que te recuerde rápido como un corcel y que venga a buscarte. Pero también quieres que esté preparada para aprender cada día que ya no estás.


Palabras sencillas que me dirigen a diario a un camino tortuoso. Un recuerdo lastrado en acero y hormigón que deja vacío tu lado de la cama. A ti te llevó un cáncer y a mí me mata a diario el olvido.  Te echo de menos ¡Cincuenta años abrazada a ti cada noche! ¿De verdad piensas que hay forma de que sobreviva así? Y por más que quieras mi caballo nunca muere ni trae un mal augurio sino que siempre me engaña y no se cansa de traerme esperanza, a mi edad ¡qué maldita gracia! ¡Dichoso sueño premonitorio! ¡Tráeme a mi sicario para que deje de dormir con  piedras!


Y me abrazo a ti. Con el paso de los días he llenado tu hueco en mi cama. Piedrecita a piedrecita había llenado tu lado con frases escritas en piedra. Frases que hoy son mi único recuerdo.  Dicen que cuando los enamorados duermen juntos siempre sobre un brazo. Tú siempre lo hacías a mi derecha, para que el brazo de más fuera el tuyo al abrazarme por la espalda cada noche.  Tus letras, una a una, hundían su peso en el colchón dibujando un perfil suave que no había logrado perfeccionar aún. Pero allí estabas, petrificado, difuminado, devolviéndome el calor del sol de la tarde mientras me abrazaba durante la noche al montón de piedras que eran tu legado.


Y es que echo de menos tu peso en el colchón. No recuerdo tu nombre. Olvidaste apuntármelo o quizás aún no encontré la piedra donde lo escribiste. Esta noche volveré a ver tu emisario en mis sueños, el bebé me entregará una piedra con la primera letra dibujada a cambio de un caramelo de limón. Con esa letra encontraré diez más en el suelo y sin querer reconstruiré una frase que nacerá de la inspiración más efímera y contenciosa. Cuando te ví, te lo conté.


  •           Esta  noche he vuelto a soñar con el negro corcel amor.
  •           ¿y qué ha ocurrido?
  •           Comenzó a entrar en el mar y nado hasta desaparecer.
  •           ¿Y el bebé?
  •           Como de costumbre venía agarrado  él y también entró al mar.
  •           ¿No te entregó ninguna piedra?
  •           No tuvo ocasión porque corrí tras de él para darle su caramelo.



sábado, 3 de agosto de 2013

DEMASIADO

Aunque ando preparando otra entrada para Cartas en el Equipaje he querido pasarme por aquí para dejaros este tema. Ayer me hizo mucho bien, hoy seguro también lo hará. Ella siempre consigue sacar lo mejor de mí a pesar de los berrinches en las batallas perdidas.


APRENDÍ A CREER EN LA CASUALIDAD. EN NO BUSCAR LA CANCIÓN PERFECTA SINO ENCONTRAR LA PERFECCIÓN EN "esa" CANCIÓN.








Rosana Demasiado letra Musica
Demasiados abrazos en la hoguera del frió 
demasiado de todo en un mundo vacío
demasiadas promesas en corrientes de aire
demasiadas urgencias para nada importante

Demasiada violencia donde juegan los niños
demasiadas sonrisas en terreno baldío
demasiada injusticia atracándote el sueño
demasiada esperanza en la línea de fuego

Hoy levanto el corazón
pa’ brindar por los vencidos
me gustaría cambiar los errores repetidos
cargué en alguna ocasión
y en más de una canción
con los que no fueron míos
hoy levanto el corazón
pa’ descorchar el amor 
y bebérmelo contigo

Demasiado trabajo para poco salario
demasiada miseria en la cola del paro
demasiadas verdades para tantos engaños
demasiados cristales en la fila del baño

Demasiadas farolas para tan pocas luces
demasiada movida en calle del cruce 
demasiada cordura para tanto desastre
demasiada tristeza en la puerta del baile


Hoy levanto el corazón
pa’ brindar por los vencidos
me gustaría cambiar, los errores repetidos
cargué en alguna ocasión
y en más de una canción
con los que no fueron míos
hoy levanto el corazón
pa’ descorchar el amor 
y bebérmelo contigo

Fuente: Quedeletras.com


YO CREO EN LA FE, LA ESPERANZA Y LA LUZ DE ESTA MUJER CUANDO ESCRIBE ALGO ASÍ. CON ESTO ME QUEDO DEL SER HUMANO.






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