lunes, 15 de junio de 2015

Nace Tres días desnuda


Nace Tres días desnuda.


Antes de enterrar a Eva y Oliver, antes de escribir el futuro de Daniela y Kaiden. Porque lo necesito, porque es tiempo de hacer lo que me da la real y puñetera gana, porque aún no es momento de hacer lo adecuado. Porque lo he intentado pero no me funciona, el orden no va con la originalidad, al menos entre mis filas. Voy a parir antes de preñarme, a retazos nacerá un proyecto personal que no responde a más mandato que mi capricho de luz, de transparencia.

Porque no puedo esperar más. Porque no quiero hacerlo. ¿Qué es Tres días desnuda? Es una biografía express y que me perdone el diccionario por coger de él sin miramientos. Soy yo destapada, es Hadha sin plumas, Fátima sin secretos, una mujer sin recovecos, una madre sin esquinas. Soy quien he sido hasta ahora pero sin tapujos. Necesito ser vista, escuchada y asimilada. Bien sonaría completar con amada, valorada, pero esa es otra historia. Quiero gritar, quiero sentir el universo sobre mí como dice Amaral. Quiero estar aún más viva, más si cabe, más si se puede, más si se debe. Más. Más.


El otro día conocí a un hombre que me dijo algo importante: para escribir hay que tener algo que contar. Y Tres días desnuda es lo que yo tengo que contar. No sé por qué mi mente ha venido a parar a este proyecto, quizás sea porque esto es lo que me toca guitar ahora. Que me siento pequeñita, temblorosa y quebradiza.

Soy dueña y señora del espacio que ocupo, lo lleno y lo domino pero ya está, ya no hay más. Fuera de estos límites me desintegro. En primer lugar desaparece mi seguridad, la sigue mi autoestima para acabar desintegrada, a borrón limpio. Y aunque la vida me grita lanzándome retos en los que montar y crecer yo acabo encogida debajo de la escalera como las cucarachas. Asomando la cabeza de vez en cuando. ¿Y qué es lo que tengo que contar? Que voy a montar a caballo sobre mis miedos. Que se acabo vivir agachada para que nadie me vea, tiene que acabarse ese deseo irreprimible de pasar desapercibida para los posibles enemigos porque en la batallla me emborracho de  genio y valentía para después lamer mi resaca emocional.

Así es Hadha, pequeñita y dulce, incapaz de generar cariño del desapego. La última de su lista, la primera en escribirla. La que se cansa y se queja, la que grita para que le den pero es incapaz de coger. Dependiente del vaivén emocional, igual se ama que se pellizca. La hipocresía que conoce la teoría y se pierde en la práctica. La que dice "amar sin necesitar" y  necesita a rabiar. También soy la que no deja de crecer, la que respira ilusiones y desata volcanes. La que desde la sombra empuja montañas y bajo el sol esconde el rostro.

Soy pequeñita y asustadiza. No sin genio ni coraje, pero escondida. Escondida tras un hombre que capta todas la miradas, escondida tras lo logros de niños luchadores, tras un seudónimo elaborado, tras historias que me enseñen sin tener que recibir golpes fuera del hogar.


Para escribir Tres días desnuda hay que dejar salir la vergüenza, la indecisión, las fobias, la autocensura. Para vivir todos mis sueños tengo que mostrarme al mundo Yo, tal cual. Con mis imperfecciones, impurezas y anti-virtudes. Debo vencer mi miedo al éxito. Un miedo bastante difícil de reconocer.


"El éxito consiste en vencer el temor al fracaso.
Charles Augustin Sainte-beuve (Escritor y crítico literario francés)."

Debo vencer mi necesidad de explicar que para mí el éxito es que Bastante sí sea Suficiente. Que lo que consigo es lo justo porque no tuvo que ser más ni menos. Que fluyo hacía un mundo interior que está podrido por una infancia que no he superado. No fue peor que la de cualquiera, solo es terrible porque aún me hace daño. Porque el dolor cambia y yo cambié bastante, hace tiempo que no va a peor.

Le doy demasiada importancia a todo, mi inteligencia emocional se reduce a sentir demasiado y buscar una causa cuando en mis momentos de lucidez sé que no es posible. Los sentimientos no siempre funcionan como acción-reacción, a veces solo surgen de un trasfondo que no somos capaces de desmarañar. He rozado el límite con la falta de consideración de otros y pretendo que saber quién soy se convierta en mi escudo y no en la arma de otros. Por favor, que solo el que me conozca se atreva a emitir juicio, y mucho menos de valor.

Mi principal defecto es que soy inestable. Me hago pequeñita o grande sin proponérmelo, sin probar bocado ni beber poción mágica alguna. Yo no soy Alicia. Me crezco o me encojo porque miro demasiado hacia fuera en lugar de prestar atención a lo que ocurre dentro.

Tengo la autoestima de una hormiga y una opinión para todo. Razones y escusas para las incoherencias de otros porque respeto demasiado. Lo suficiente para no construir expectativas que puedan ser quebradas.Odio discutir, mi estado perfecto es el letargo, el control y la continuidad. Fluir en el control cotidiano, sí también peco de ingenuidad.

Y sobre todo hoy me he acordado de ti, por formar parte de mí y de todo lo que soy. Hoy me he acordado de tí papá, de tu rostro de descanso. No sé por qué, quizás porque te veo en el rostro de mi hijo, en el conformismo de mi hija. Hoy quiero pedirte perdón por sentir miedo y no creer que harías tu viaje solo. Gracias por cuidarlos, gracias por cuidarme a tu manera. No sentí mucho tu cariño pero ahora sé que me querías. Ahora que soy madre sé que pese a tí y pese a mí en tu corazón había un hueco para la trabajosa también. He necesitado un año y siete meses para sentarme a despedirte con mis letras sin pudor. Para mi es un honor que uno de mis últimos recuerdos contigo fuera tu sonrisa al ver que serías abuelo por partida doble. 

Y no quiero cerrar esta entrada sin dar las gracias a mis chicas del WordBook, por ayudarme a reconstruir lo que merece la pena. No sabéis lo que hacéis por mí pero encontraré la forma de hacéroslo llegar. Algún día, en el momento más inesperado.Quedan dos entradas más para desnudarme y continuar un camino viejo. Espero que este proyecto no se difumine.

Ambos fuimos pequeñitos, yo también quiero ser grande. Hasta pronto papá.

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